Joaquín Sabina: Vinagre y Rosas (Sony BMG, 2009)

Escuchar el nuevo disco de Sabina empieza a ser como ver la última de Woody Allen. Está claro que no va a sorprender a nadie a su edad, pero puede que sea de lo mejor de la temporada que le toque. La colección de canciones que ha reunido esta vez es un compendio de intentos fallidos y remakes de sí mismo. Con la voz echa pedazos, claro, lo cual hace tiempo que le hace mucho más interesante.
Se le sigue viendo a gusto contando sus andanzas de la época en la que se pasó de la raya (“Viudita de Clicquot”), los arrabaleros caminos de las rupturas le siguen viniendo como anillo al dedo (“Agua pasada”) y aún tiene fuerzas de rockear como sus allegados le recomiendan no rockear (“Crisis”). Precisamente por hacer lo que ya nadie le recomienda sigue estando donde está.
Todo lo demás, exceptuando el “Tiramisú de limón” compartido con Pereza, no aparecerá en ningún recopilatorio del de Úbeda. La poesía, esta vez compartida con Benjamín Prado, y creada bajo la luna de Praga, sigue manteniéndole en pie. Que no es poco.
Víctor David López




